Mi viaje a las Islas Encantadas – San Cristóbal, Galápagos (Ecuador) Parte II

Marzo 2020

Era nuestro tercer día en la isla y estábamos encantados con lo que habíamos visto. Aunque nos levantamos un poco cansados de la excursión, (y yo súper quemada por el sol), ya teníamos organizado nuestro día por cuenta propia. No sabíamos la caminata que nos esperaba…

El día estaba un poco nublado y había predicción de lluvia, por lo que decidimos salir temprano y aprovechar la mañana. Caminamos hasta Playa Mann y el Centro de Interpretación para coger el camino a Cerro Tijeretas (las señales están muy claras por suerte). Habíamos llevado dos botellas de acero con agua, snacks y chocolates (nos lo comimos y tomamos todo e hicieron falta más cosas).

Las indicaciones para Cerro Tijeretas son muy claras

Empezamos a subir hasta el mirador y pudimos ver la panorámica, hasta el León Dormido se podía observar a una gran distancia. También vimos Playa Punta Carola, el mirador de Charles Darwin, y el muelle. Pero decidimos hacer todo eso luego de visitar Playa Baquerizo. Yo había leído que el sendero era un poco pesado, pero pensé que exageraban. Además, eran 45minutos y el camino empezaba bien. Según yo había hecho caminatas así más fuertes (pero, me equivocaba, esta ha sido la más difícil).

Lo discutimos y decidimos aprovechar que estábamos ahí para conocer lo máximo que podíamos. Empezamos a caminar en terreno recto, por ahí alguna planta se cruzaba, pero no había piedras. Al rato, nos encontramos con una familia y nos dijo que quedaba poco. Bien dijimos nosotros, podemos seguir. La primera playa apareció, junto con lobos marinos, y había un letrero que todavía quedaba para llegar a Playa Baquerizo. De esos nos hicimos unos 30minutos porque empezaba lo bueno.

La primera playa, bien quedan 30 minutos más
Por suerte están estas flechas que indican el camino

Mientras caminábamos, iba aumentando el sol el cansancio y el nivel de piedras. Cada vez había más piedras y menos camino plano. Atrás quedó la tierra y pasó a rocas y más rocas. Por suerte había flechas que indicaban el camino, en eso no tuvimos problema, salvo alguna vez que no sabíamos para que lado tomar.

A mi compañero de esta aventura le da muy bien por caminar entre piedras y lo hace sin problema. Yo, sin embargo, voy con mucho cuidado, y a paso lento pero seguro. Al no estar acostumbrada voy viendo donde piso, y debíamos tener cuidado, ya que encima de todo, había piedras que se movían y podíamos caer.

Habremos pasado unas tres playas y yo decía que volviéramos, pero ya habíamos avanzado tanto que nos ganaban las ganas de llegar. Ya hace rato habían pasado los 45 minutos que, según el letrero de inicio, era lo que se tardaba. El último letrero indicaba 8 minutos, los contabilizamos y en verdad fueron unos 20-25. Y justo cuando llegábamos una iguana de mar estaba en el camino. Nos reímos de cómo podía ser que habíamos recorrido tanto, y justo cuando estábamos por lograrlo, no hubiera otro camino.

Tuvimos que acercarnos a ella lentamente, bueno técnicamente yo me quedé a un lado con miedo que corriera, hasta que al fin se movió y pudimos pasar. ¡Hemos llegado! Fue lo primero que dijimos mientras nos dábamos los cinco.

En la playa solo había una pareja de chicos y una señora. Decidimos sentarnos bajo el árbol que había y estuvimos un rato conversando con ella. Mientras sacamos nuestras botellas de agua y los snacks para reponer fuerza. Habíamos hecho en total una hora y 40 más o menos, y todavía nos quedaba la vuelta. Yo pensaba en las piedras y buscaba otro camino, pero no había forma de salir por ahí. Ni siquiera un bote (como en Tortuga Bay en la Isla de Santa Cruz).

Caminamos a la orilla, no nos metimos porque el mar estaba muy bravo y empezó a llover muy lentamente. Pudimos ver cómo una iguana de mar se peleaba con las olas evitando que estas la botaran de la roca donde se había subido. Varias veces salió volando la pobre.

Finalmente llegamos a Plaza Baquerizo, aunque como ven el día estaba nublado
Nos reímos mucho viendo a la iguana peleando con el mar para mantener su sitio en las rocas

Nos despedimos de la gente y nos fuimos, porque nos dio miedo que empezara a llover más fuerte y las rocas resbalasen mucho. Venga ahí fuimos de nuevo a la aventura. Salvo que la vuelta se hizo más corta como suele suceder. Igualmente nos tocó un rato de lluvia y tuvimos que ir más lento para no caer. Luego salió el sol y aprovechamos para acelerar el paso.

Ya cuando nos quedaba poco, tuve que sentarme en unas escaleras porque tenía que recuperar fuerzas. Como dije antes, no estaba acostumbrada a este tipo de ejercicios ni caminatas, pero a los pocos minutos me levanté y llegamos al mirador nuevamente. Mi felicidad era grande, me sentía valiente de haber concluido el camino ida y vuelta y haber sobrevivido a las rocas. Hasta fotos me hice con el puño levantado, en son de broma.

Decidimos seguir recorriendo la zona, así que fuimos al muelle donde había unas pocas personas haciendo snorkel. Nosotros no hicimos porque veíamos la corriente muy fuerte. Justo al finalizar las escaleras que llevaban a este muelle pequeño había un lobo marino. Hubo una turista que, a mi parecer fue irresponsable, se puso de pie detrás de este para hacerse fotos y con la mano quería tocar la aleta del animal. Era un poco imprudente, además de peligroso porque podía haber caído en las rocas junto al mar. Salió llevándose un buen susto.

Seguimos el camino y llegamos a la estatua de Charles Darwin.  El Cerro Tijeretas fue uno de los sitios donde realizó sus investigaciones sobre la evolución de las especies. Acabamos nuestra aventura en Playa Punta Carola donde nos metimos un rato al mar (el snorkel no valía la pena por el agua sucia), hasta que la lluvia nos hizo volver. Tuvimos que ir caminando sin zapatos hasta el Centro de Interpretación donde nos limpiamos los pies y nos pusimos los zapatos deportivos.

Necesitábamos una recompensa por la aventura de la mañana, así que seguimos las sugerencias que nos habían dado una chica en La Lobería y el guía y fuimos a comer al Restaurante el Descanso Marinero.  Mi madre me había dado dinero para que nos comamos una langosta en su nombre, pero al ser época de veda no pudimos y optamos por pedir un ceviche de camarones y langostino. No podían faltar los chifles y patacones, (de plátano verde), como acompañantes.

La comida estuvo muy rica. Los platos costaron $20 el langostino pequeño y unos $15 el ceviche (no recuerdo exactamente) y más las bebidas nos salió $41 los dos. Digamos que no es barato si comes todos los días en restaurantes, pero hoy nos lo merecíamos. Y de cena, compramos fideos en una de las tiendas del barrio con pasta de tomate y unos huevos. Había que compensar un poco, ¿no? Igualmente, las tiendas de barrio no son baratas.

Un rico ceviche de camarones (gambas) para reponer fuerzas
Y también langostino con patacones

Saliendo de comer, pasamos un rato dejando las cosas por el hotel y aprovechamos para dar una vuelta. Volvimos al sitio de los helados de paila que estuvo cerrado. Preguntamos si había otro sitio similar cerca, pero no, así que terminamos comiendo otros helados comerciales. Me quedé con las ganas, hasta había llevado mi vasito con la cuchara que me habían vendido el día anterior. Y después de esto, volvimos a casa para descansar.

Intentamos ver el atardecer desde Playa Mann, aunque estaba muy nublado nos quedamos disfrutando del momento

Nos volvimos a levantar temprano, porque a las 8am nos recogía el taxista para empezar el tour por la parte alta de la isla (Highlands). Esta excursión dura unas 4 horas y el precio es de $60 (total, no por persona). Nos recogió a la hora acordada y en el camino hasta la Casa del Ceibo nos iba contando acerca de San Cristóbal y la vida ahí. Muchas veces hasta detenía la camioneta para enseñarnos algún tipo de planta y su historia, (muchas plantas son plagas que vinieron con los extranjeros, al igual que muchos animales que tuvieron que sacarlos para que no dañaran el ecosistema, como las palomas).

La Casa del Ceibo es uno de los sitios que hay que conocer de San Cristóbal.  Se trata del árbol más antiguo del Ecuador, (más de 150 años), y en la cima construyeron una casa que ahora alquilan por $20 la noche. Se puede visitar y el precio es de $2. Más adelante les contaré nuestra aventura, (de verdad lo fue), porque a la hora que pasamos por la mañana estaba cerrada.

Como verán por la mañana había mucho sol, más abajo verán al final de la mañana como terminamos visitándola 🙂

Seguimos el camino y llegamos a la entrada para subir a la Laguna del Junco. El taxista nos dijo que el día estaba un poco nublado y quizás la laguna estuviera tapada (no se vería), por lo que recomendaba volver más tarde. Le dije que confiábamos en él y si era la recomendación, pues la seguiríamos. También podía haber la opción de que el clima empeore a la vuelta.

Así que fuimos a la Galapaguera de Cerro Colorado, (el horario es de 8 a 18h y es gratis). Había leído en Internet que los lunes, miércoles y viernes dan de comer muy temprano a las Tortugas Galápagos, por lo que hice coincidir esta excursión el miércoles y poder ver. Además, es cuando más tortugas hay. Yo había estado en 2009 en la Galapaguera en Santa Cruz, pero aquí había muchas más, estaban por otros lados. Hasta entre las plantas podíamos verlas mientras realizábamos el recorrido. Hay una zona donde están varias tortugas juntas, pero por otros lados van por su cuenta. Es un área muy grande y verde, hay muchos voluntarios que se encargan del cuidado de los animales. Las Tortugas Galápagos suelen vivir entre 300 y 400 años (es la especie de tortuga de tierra más longeva del mundo).

Si te gustan las tortugas y la naturaleza no dudes en visitar este lugar. ¡Es hermoso!

Dentro del Centro de Crianza hay una zona donde se pueden ver las recién nacidas hasta los 6 años. Las tienen divididas por edades y marcadas. La edad se la puede comprobar por los anillos que tienen los caparazones. El taxista había sido voluntario por varios años en el Parque Nacional de Galápagos y nos contó toda la historia sobre estos animales. Pudimos tomarnos varias fotos sin ningún problema, salvo con la distancia adecuada para no molestarlas. También al final del recorrido pudimos ver cómo les daban comida a dos machos y en un momento se pelearon por las hojas.

Contentos con ver a las tortugas nos dirigimos en la camioneta a la Playa Puerto Chino. Nos habían hablado tanto sobre esta playa que teníamos muchas ganas de conocerla. El taxista nos dejó en la entrada y caminamos unos veinte minutos hasta llegar. Por suerte, esta vez, el camino era plano. La playa es muy grande y como me habían dicho, se parece a Tortuga Bay en Santa Cruz. Nos turnamos, como en todas las playas, para meternos al agua, pero no estaba bien para hacer snorkel. Luego caminamos un poco, pero nos comenzaron a picar unos bichos en las piernas que se llaman tábanos. Son como unos mosquitos gigantes que pican cuando uno está mojado. Había otra familia que también les picaban, así que cogimos nuestras cosas en las manos y salimos corriendo. Mientras corríamos se me cayó el celular a la arena, por suerte nos dimos cuenta.

Al llegar al camino de cemento, nos pusimos la ropa encima del bañador y otra vez volvían los bichos. Así que todo el camino de vuelta a la entrada lo hicimos corriendo. Entre risas le contamos al conductor nuestra experiencia y cómo los tábanos nos habían hecho salir huyendo de la playa.

Playa Puerto Chino, la arena y el color de agua impresionante
Lástima que tuvimos poco tiempo y salimos corriendo porque nos atacaban unos bichos llamados Tábanos

Volvimos a la entrada para subir a la Laguna de El Junco, otro sitio que hay que visitar, y subimos los escalones. Fue menos pesado que la ida a Playa Baquerizo, pero igualmente en total eran unos 400 escalones. Llegamos y fue la mejor decisión, se podía ver la laguna en su totalidad. Nos hicimos unas fotos y caminamos un poco por uno de los lados. No dimos toda la vuelta porque nos habían dicho que era prácticamente lo mismo y no queríamos perder tiempo, porque nos quedaba por visitar el ceibo. También el día estaba un poco nublado.

Mientras íbamos de camino a la Casa del Ceibo comenzó a llover muy fuerte. Cuando llegamos la lluvia no había bajado, pero estaba abierto. Así que decidimos bajarnos, ya habíamos hecho todo el recorrido y no nos íbamos a quedar con las ganas de subir un ceibo. Cogimos las toallas para taparnos la cabeza, el dinero de la entrada y los celulares. Desde la entrada hasta el árbol hay que cruzar un puente movedizo. Tuvimos que hacerlo corriendo, pero ya al entrar a la casa la lluvia no molestaba. Tenía hasta un balcón para ver las vistas y dentro había una especie de sala y una escalera, arriba tienen una cama.

Al bajar había la opción de entrar al árbol. Bajamos las escaleras y era un sitio muy húmedo, y había varias fotos. Decidimos subir y la chica que atendía nos cobró y contó la historia acerca del árbol y cómo había empezado la idea de construir una casa, que era porque es el sueño de cualquier niño.

Lástima que la lluvia no nos dejó disfrutar mucho de la experiencia

Nos despedimos, comprándonos un helado y volvimos al hospedaje. Nos despedimos de César, el chófer agradeciendo por el paseo. Más que taxista, nos pareció un guía, porque nos supo explicar todo él solo, sabía muchísimo acerca de la flora y fauna de la isla, las tortugas, y las historias sobre los sitios que visitamos. Guardé el contacto para recomendarlo si alguien viaja.

Y así, aprovechamos para cocinar y comer mientras llovía, y descansar un poco.  Después de una ducha refrescante salimos para ir al Malecón (y sí, volvimos al sitio de los helados de paila). Fuimos hasta Playa Mann para ver el atardecer, que comentaban era un buen lugar, pero estaba muy nublado. Igualmente nos sentamos en la arena a contemplar el paisaje y caminamos hasta el faro para hacernos unas fotos y ver el Malecón desde ahí.

El último día completo que teníamos nos lo tomamos con calma. Ya habíamos visto los sitios turísticos y lo más emblemáticos de la isla, además ya llevábamos varios días con muchas actividades para ver todo y estábamos cansados. Algún rato pensamos a Santa Cruz y volver al día siguiente, pero era muy justo y hubiésemos tenido que correr para verlo todo. Además, perdíamos mucho tiempo en el bote, que son unas dos horas por cada viaje.

Así que decidimos volver a La Lobería, que fue el primer sitio que visitamos y nos gustó mucho.

Cogimos directamente un taxi desde el Malecón hasta la playa y al llegar nos dimos cuenta de que el mar estaba más fuerte que la vez anterior, había más olas y se veían menos las piedras en la orilla. También pudimos ver, mar adentro, que había varios surfistas tratando de agarrar las olas y que había más turistas tomando el sol.

Aprovechamos para meternos al mar, de nuevo por turnos, y había dos lobos marinos nadando junto con los niños y adultos. Como indican varios letreros, no hay que tocarlos y dejar que ellos se acerquen. Y descubrimos que en el agua son más ágiles, por lo que mejor jugar con ellos, pero con una distancia prudente. Vimos varias veces cómo mucha gente se saltaba la distancia y después se veía amenazados.

Igual son unos animales muy graciosos y divertidos para ver. Disfrutamos mucho del sol y del agua, aunque yo opté, desde el día anterior, a meterme solo hasta el cuello, porque debido al sol y el agua salada de toda la semana tenía los labios deshidratados y lastimados.

Dos lobos marinos jugando en la orilla – Playa La Lobería

Saliendo de la playa, buscamos un taxi para volver a Puerto Baquerizo, pero no había y no teníamos señal en mi celular (solo en el centro de la isla el Internet funciona y es muy lento). Vimos un grupo grande como de ocho personas y un chico nos dijo que había llamado a dos camionetas y que podíamos unirnos a ellos.

Así que, compartimos taxi con una señora y dos chicas jóvenes. Les dijimos que nos llevasen hasta su hostal y ya luego iríamos hasta el Malecón. Le dimos un dólar por llevarnos, pero en el camino empezó a llover y la señora pagó lo de ella y con nuestro dólar nos dejaron en el Malecón. Qué bueno encontrarse con gente buena en el camino, sino fuera por ellos nos hubiera tocado esperar hasta mucho más tarde en la playa.

Teníamos mucha hambre y no encontrábamos un sitio para comer, por lo que decidimos volver al primer sitio donde comimos: Cris Burgers y pedimos las bandejitas que tanto nos gustaron. Nos reíamos porque estábamos repitiendo lo mismo que hicimos el domingo que llegamos. Luego de comer decidimos ir a refrescarnos al departamento y salir más tarde.

Queríamos aprovechar de nuestra última tarde en San Cristóbal, por lo que, luego de alistarnos, nos fuimos caminando por todo el Malecón. Habíamos leído y escuchado sobre el Bar Iguana Rock y, con las indicaciones, que nos dieron llegamos. Quedaba del otro lado del Malecón, justo por el Mercado (entramos para conocerlo, aunque ya eran casi las 7 de la noche y la mayoría de los locales estaban desarmados).

El bar estaba vacío, todavía era muy temprano, y como habíamos almorzado tarde no teníamos hambre (su menú se basa especialmente en sushi). La música estaba muy buena, seguro en la noche el lugar se animaba, así que le preguntamos al señor si podíamos usar la mesa de billar para jugar un rato (sin haber consumido nada). Nos divertimos un montón, y perdí, las dos veces. Pero bueno, fue por poco.

Y, como parte de la última noche, teníamos que despedirnos de los helados de paila, así que fuimos por otro. Por si acaso creo que gastamos más en helado que en comida, cada uno valía $3, así que en total gastamos como $20. ¡Es que estaban riquísimos! Es al inicio del Malecón si se viene desde la oficina del Banco de Pacífico. Mi favorito fue el de guayaba, pero también había sabores de mora, mango, coco, maracuyá, naranjilla (este también estaba rico, pero sólo hubo el primer día que fuimos). La chica se rio al vernos de nuevo, es más estábamos afuera en las mesas esperando que abriesen. Tienen un horario extraño, porque es desde las 14 hasta las 17h y luego a partir de las 19:30 hasta más o menos las 22h. Si mal no recuerdo era este. Ese día demoró unos minutos más por la noche, pero al ser la despedida nos sirvió un poco más. Disfrutamos del helado sentados en un banco en el Malecón y ya luego nos fuimos al departamento a descansar.

Nos levantamos temprano el viernes, para aprovechar y salir a desayunar a Mi Grande, que una amiga me lo había recomendado y el día anterior pasamos por ahí y se veían muy buenos los platos. Nos decidimos por jugos de papaya, y de comer bolón con chicharrón y queso (de plátano verde) con huevo y bistec de carne, y para mí un huevo frito con patacones (por salud tengo un poco de restricciones con la comida). Los platos estaban bien proporcionados y, además, el precio nos pareció correcto. A la vuelta para el departamento, fuimos paseando por el Malecón y había un grupo de jóvenes practicando un baile típico. Nos quedamos un rato viéndolos y luego ya fuimos a recoger nuestras cosas para ir al aeropuerto.

Y para despedirnos, un grupo de jóvenes bailando en el Malecón

Y esta fue nuestra aventura en las Islas Encantadas. Si tienen oportunidad de ir no lo duden, es un paraíso. Salimos muy contentos y con ganas de volver. Todavía tengo pendiente de conocer la Isla Isabela. Y bueno nos queda el recuerdo y de haber podido viajar justo a tiempo, antes de todo el tema de la pandemia.

Y esta fue nuestra aventura en las Islas Encantadas. Si tienen oportunidad de ir no lo duden, es un paraíso. Salimos muy contentos y con ganas de volver. Todavía tengo pendiente de conocer la Isla Isabela. Y bueno nos queda el recuerdo y de haber podido viajar justo a tiempo, antes de todo el tema de la pandemia.

Rossana 😊

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

A %d blogueros les gusta esto: